Necropolítica: evolución conceptual, significado, relación con el marxismo y principales críticas
Introducción
La noción de necropolítica, formulada por Achille Mbembe a comienzos del siglo XXI, se ha convertido en una de las categorías más influyentes de la teoría política contemporánea. Su relevancia radica en ofrecer una explicación de las formas extremas de dominación mediante las cuales determinados poderes deciden quién puede vivir y quién puede morir. El concepto surgió como una ampliación crítica de la biopolítica de Michel Foucault, pero rápidamente adquirió autonomía al enfocarse en la producción deliberada de espacios sociales donde ciertas poblaciones son expuestas a la muerte, al abandono o a condiciones de existencia precarias (1,2).
Más que una teoría de la administración de la vida, la necropolítica es una teoría de la administración diferencial de la muerte. Su desarrollo se ha vuelto muy popular para explicar fenómenos tan diversos como el colonialismo, las guerras contemporáneas, la violencia racial, las fronteras militarizadas, el encarcelamiento masivo y la exclusión social. Sin embargo, su creciente influencia también ha dado lugar a importantes debates epistemológicos, ontológicos y empíricos sobre sus alcances y limitaciones.
Origen y significado de la necropolítica
Mbembe desarrolla la necropolítica a partir de una crítica y ampliación de la noción foucaultiana de biopolítica. Para Foucault, el poder moderno se caracteriza por gestionar la vida de las poblaciones mediante instituciones, dispositivos disciplinarios y mecanismos de regulación social (2). Mbembe sostiene que esta perspectiva resulta insuficiente para comprender contextos históricos en los que el poder no se limita a administrar la vida, sino que organiza activamente la muerte (1).
La genealogía del concepto se encuentra en la esclavitud, el colonialismo y las experiencias imperiales modernas. Según Mbembe, las colonias funcionaron como espacios de excepción donde determinadas poblaciones fueron privadas de protección jurídica y convertidas en sujetos sacrificables. Estos procesos revelan que la soberanía no consiste únicamente en gobernar un territorio, sino también en decidir qué vidas poseen valor y cuáles pueden ser eliminadas o abandonadas sin consecuencias políticas significativas (1,3).
La necropolítica describe así la capacidad de producir poblaciones expuestas a la vulnerabilidad extrema. La muerte deja de ser solo un hecho biológico para convertirse en una tecnología política. Desde esta perspectiva, los campos de refugiados, las fronteras militarizadas, ciertas formas de segregación racial o las guerras permanentes constituyen expresiones de una lógica necropolítica que distribuye desigualmente la posibilidad misma de vivir (1,4,5).
Necropolítica y tradición marxista
La relación entre necropolítica y marxismo es compleja. La teoría de Mbembe no puede considerarse marxista en sentido estricto, ya que no sitúa la explotación económica ni la lucha de clases en el centro de su análisis. Su preocupación principal es la soberanía y la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte (1).
No obstante, existen importantes puntos de convergencia. Al igual que Marx, Mbembe concibe las relaciones de dominación como fenómenos estructurales e históricos. La violencia no aparece como resultado de decisiones individuales aisladas, sino como producto de configuraciones sociales duraderas que reproducen desigualdades y formas sistemáticas de subordinación (6).
Al mismo tiempo, Mbembe critica algunos límites del marxismo clásico. A su juicio, numerosas interpretaciones marxistas otorgaron prioridad analítica a la clase social mientras relegaban a un segundo plano fenómenos como la raza, el colonialismo y la producción histórica de jerarquías humanas. Desde esta perspectiva, la experiencia colonial no puede ser entendida simplemente como una consecuencia secundaria de la acumulación capitalista, sino como una estructura fundamental de la modernidad política (1,7).
Precisamente por ello, diversos autores han intentado articular la necropolítica con enfoques marxistas contemporáneos. David Harvey ha vinculado las formas extremas de exclusión con los procesos de acumulación por desposesión característicos del capitalismo global (8). Nancy Fraser ha mostrado que el capitalismo contemporáneo produce simultáneamente explotación, expropiación y destrucción de las condiciones de reproducción social (9). Por su parte, Ruth Wilson Gilmore ha estudiado cómo el racismo institucional genera vulnerabilidad diferencial frente a la muerte, mientras que Cedric Robinson desarrolló la noción de “capitalismo racial” para explicar la interdependencia histórica entre acumulación capitalista y jerarquías raciales (10,11).
Desde esta perspectiva, la necropolítica puede entenderse como una ampliación de la crítica marxista. Si Marx explicó cómo el capitalismo organiza la explotación del trabajo, Mbembe y sus continuadores enfatizan cómo determinados grupos son también convertidos en poblaciones desechables, abandonadas o expuestas sistemáticamente a una muerte prematura.
Críticas epistemológicas: amplitud conceptual y problemas de falsabilidad
Una de las objeciones más importantes a la necropolítica es su tendencia a expandirse hasta abarcar fenómenos muy heterogéneos. El concepto ha sido utilizado para analizar guerras, migraciones, encarcelamiento masivo, racismo, pobreza estructural, crisis sanitarias e incluso políticas ambientales. Esta amplitud permite identificar continuidades entre distintas formas de exclusión, pero genera un problema metodológico: cuanto más amplia se vuelve una teoría, más difícil resulta determinar qué hechos podrían refutarla.
Desde la perspectiva de Karl Popper, una teoría científica debe especificar las condiciones bajo las cuales podría demostrarse su falsedad (16,17). La necropolítica enfrenta dificultades en este punto porque no resulta evidente qué tipo de evidencia histórica permitiría concluir que una determinada estructura de poder no es necropolítica. Si la categoría puede aplicarse tanto a la violencia colonial como a la gestión migratoria, a las crisis económicas o a las desigualdades sanitarias, su capacidad de discriminación analítica disminuye.
El problema se vuelve particularmente visible cuando se observan procesos históricos caracterizados por la expansión de la protección estatal de la vida. La consolidación de los Estados de bienestar europeos después de 1945 estuvo asociada a una reducción sostenida de la mortalidad infantil, la universalización de servicios públicos de salud, la ampliación de las pensiones y el aumento general de la esperanza de vida. Estos fenómenos parecen encajar mejor en las categorías foucaultianas de biopolítica y gubernamentalidad que en una teoría centrada en la exposición diferencial a la muerte. Si una teoría destinada a explicar la administración de la muerte debe aplicarse también a políticas orientadas explícitamente a preservar la vida, surge inevitablemente la pregunta acerca de sus límites explicativos.
Las campañas globales de erradicación de enfermedades constituyen un problema similar. La lucha internacional contra la viruela durante el siglo XX y los grandes programas de vacunación desarrollados posteriormente tuvieron como consecuencia directa la reducción masiva de la mortalidad. En estos casos, los poderes públicos aparecen principalmente movilizados en torno a la protección de la vida, no a la producción de “mundos de muerte”, esto sugiere que existen ámbitos de la realidad social que otras teorías explican con mayor precisión.
Críticas ontológicas: una concepción unilateral del poder
Las críticas ontológicas cuestionan la tendencia de la necropolítica a identificar el poder principalmente con la capacidad de matar o exponer poblaciones a la muerte. Aunque esta dimensión es indudablemente relevante, la realidad histórica muestra que el poder opera también mediante mecanismos de integración, negociación, consentimiento y producción de legitimidad.
El caso de la transición sudafricana resulta ilustrativo. La necropolítica ofrece una descripción convincente del régimen del apartheid y de la producción institucionalizada de jerarquías raciales. Sin embargo, explica con mucha menos claridad los procesos que condujeron a su desaparición. La transición iniciada a comienzos de la década de 1990 implicó negociación política, movilización social, reformas institucionales y ampliación de la ciudadanía. La teoría describe eficazmente la dominación racial, pero encuentra mayores dificultades cuando debe explicar la transformación histórica de esa misma estructura de poder.
Un problema semejante aparece en la transición democrática española. Durante el franquismo existieron algunos mecanismos represivos que pueden analizarse mediante categorías vinculadas a la violencia soberana. Sin embargo, el período posterior a 1975 estuvo marcado por la institucionalización de derechos, la competencia electoral y la integración de sectores previamente excluidos del sistema político. Una interpretación exclusivamente necropolítica corre el riesgo de privilegiar las continuidades coercitivas e ignorar procesos igualmente reales de expansión de libertades y construcción de consensos.
Estas dificultades sugieren que la necropolítica posee alguna capacidad para explicar cómo se reproduce el poder, pero una capacidad mucho menor para explicar cómo cambia, se transforma o pierde legitimidad.
Críticas empíricas: límites como teoría general de la sociedad
Las objeciones empíricas se centran en la capacidad explicativa efectiva del concepto, en especial, cuando se aplica fuera de los contextos para los cuales fue originalmente formulado.
La necropolítica resulta algo convincente en el análisis de fenómenos como la esclavitud, el colonialismo, los campos de concentración, determinadas ocupaciones militares o los sistemas de segregación racial. En todos estos casos existe una exposición diferencial y sistemática de grupos humanos a la muerte o a condiciones de existencia cercanas a ella. Sin embargo, cuando el concepto se extiende a sociedades caracterizadas por dinámicas simultáneas de protección y vulnerabilidad, sus límitaciones se vuelven más visibles.
La experiencia china posterior a 1978 es un ejemplo revelador. Aunque existen críticas legítimas en materia de derechos civiles y libertades políticas, el período de reformas económicas estuvo acompañado por mejoras extraordinarias en indicadores de ingreso, alfabetización, nutrición y esperanza de vida. Una interpretación basada exclusivamente en la necropolítica tendría dificultades para explicar cómo un proceso capaz de aumentar significativamente las capacidades vitales de centenares de millones de personas puede ser reducido a una lógica de producción de muerte.
Algo similar ocurrió durante la pandemia de COVID-19. Numerosos autores recurrieron a la necropolítica para describir las desigualdades raciales, sociales y territoriales asociadas a la crisis sanitaria. Sin embargo, la misma pandemia estuvo acompañada por movilizaciones estatales sin precedentes dirigidas a proteger la vida: confinamientos, campañas masivas de vacunación, subsidios de emergencia, expansión hospitalaria y enormes inversiones científicas. El fenómeno parece explicarse mejor mediante una articulación entre biopolítica y necropolítica que mediante el predominio exclusivo de una de ellas.
Desde esta perspectiva, la pandemia puso de manifiesto que los sistemas contemporáneos de poder suelen combinar simultáneamente mecanismos orientados a hacer vivir y mecanismos que exponen diferencialmente a determinados grupos al riesgo y la vulnerabilidad.
Conclusión
La necropolítica constituye uno de los clichés de la teoría política contemporánea para comprender las formas extremas de dominación. Su principal idea consiste en mostrar que el poder moderno no solo administra la vida, sino que también distribuye diferencialmente la vulnerabilidad y la muerte. Aunque no pertenece al marxismo en sentido estricto, dialoga estrechamente con sus preocupaciones sobre la dominación estructural y ha estimulado nuevas reflexiones sobre colonialismo, racismo y capitalismo.
Al mismo tiempo, la necropolítica enfrenta críticas importantes. Los cuestionamientos epistemológicos, especialmente los vinculados a la falsabilidad popperiana, señalan problemas de delimitación conceptual y contrastación empírica. Las críticas ontológicas destacan una comprensión posiblemente reduccionista del poder, mientras que las objeciones empíricas advierten sobre el riesgo de explicar fenómenos heterogéneos mediante una única lógica interpretativa.
Pese a estas limitaciones y evidencia histórica contraria a sus postulados, la necropolítica continúa siendo muy popular entre intelectuales de izquierda. Su mayor potencial probablemente reside no en reemplazar otras teorías sociales, sino en complementarlas, permitiendo reforzar el discurso marxista de cómo las dinámicas económicas, raciales, coloniales y geopolíticas se traducen en distribuciones desiguales de la vida, la vulnerabilidad y la muerte.
Nota: para una crítica más extensa sobre el marxismo en las ciencias puede dirigirse a https://rpubs.com/ilich_herbert_delahoz_siegler/1445894
Bibliografía
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