Hay una estructura teológicamente perfecta y profundamente pastoral, que traza un arco redentor que va desde la promesa del Padre, pasa por la experiencia subjetiva de la paz, y culmina en la obra objetiva e intercesora del Hijo.
Iniciamos nuestro recorrido en el aposento alto, en la noche en que nuestro Señor fue entregado. Sus discípulos estaban turbados; sus corazones se estremecían ante la inminente partida de su Maestro y las hostilidades del mundo. En medio de esa oscuridad emocional, Jesús pronuncia estas palabras eternas:
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27, RVR1960)
Observe la distinción radical. El mundo ofrece una paz frágil, basada en la ausencia de conflictos externos o en acuerdos temporales. Pero Cristo nos da su propia paz: la paz que Él posee en su comunión eterna con el Padre, la paz que lo sostuvo mientras caminaba sobre las aguas y mientras enfrentaba la cruz. Esta paz no anula la tormenta, pero calma al navegante.
Sin embargo, cuando somos asaltados por ese “terrible e inexplicable temor”, cuando la angustia es tan aguda que apenas podemos balbucear “Señor, tengo miedo”, ¿cómo hacemos para apropiarnos de esta paz? La Escritura nos muestra un movimiento divino de tres pasos, una triple guarda que cubre todo nuestro ser: el Padre nos guarda en paz, la paz de Dios nos guarda, y el Hijo guarda nuestra fe. Recorramos este itinerario.
El profeta Isaías escribe en medio de la amenaza inminente del juicio y el asedio. El pueblo de Dios miraba hacia el norte y veía el poder arrasador de Asiria; sus certezas nacionales se desmoronaban. Pero el Espíritu levanta un cántico de confianza:
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.” (Isaías 26:3, RVR1960)
Aquí la iniciativa es exclusivamente divina. El sujeto de la acción es Jehová: “Tú guardarás”. La paz prometida no es una tregua psicológica que el creyente logra por su propia fuerza de voluntad; es una guarda activa y soberana de parte de Dios. El término hebreo para “completa paz” es shalom shalom (doble paz), una paz perfecta, integral, que abarca cuerpo, alma, espíritu y circunstancias.
La condición para recibir esta guarda es que el “pensamiento persevere” en Dios. Note que no se exige una fe hercúlea ni una ausencia de miedo; se exige una dirección constante de la mente hacia el Señor. En medio del zarandeo, cuando todo nos pide mirar a la tormenta, la orden es fijar los ojos en el Dios del pacto. Y esa perseverancia no es mérito humano, sino el fruto de la gracia que ya ha obrado la confianza. Por eso el versículo termina con la raíz de todo: “porque en ti ha confiado”.
Aplicación pastoral: Cuando usted clama “Señor, tengo miedo”, Dios no le exige que deje de temblar; le invita a perseverar en mirarle a Él. La paz no llega cuando el miedo desaparece; llega cuando, a pesar del miedo, usted mantiene su ancla en la Roca.
Ahora damos un salto al Nuevo Testamento, a una carta escrita por el apóstol Pablo desde una prisión romana. Pablo está encadenado a un soldado, esperando un juicio que puede costarle la cabeza. Filipos, su amada iglesia, también sufre hostigamiento. ¿Qué les escribe? No una carta de autoayuda, sino una ruta espiritual:
“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:6-7, RVR1960)
Aquí el sujeto cambia. Ya no es directamente “Dios” quien guarda, sino “la paz de Dios” la que actúa como una guarnición militar. El verbo griego phroureo significa “proteger como una tropa que rodea una ciudad”. Esa paz, que sobrepasa toda lógica humana (porque no tiene explicación racional en medio del sufrimiento), toma nuestro corazón (la sede de las emociones) y nuestros pensamientos (la sede de la razón) y los envuelve en una burbuja de seguridad divina.
Observe la conexión con Isaías: en el Antiguo Testamento, Dios guarda; en el Nuevo Testamento, la paz de Dios guarda. No hay contradicción, sino progresión. La paz de Dios es el instrumento eficaz mediante el cual el Padre cumple su promesa. Es el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22) aplicando la obra de Cristo a nuestra experiencia. Y esta guarda está asegurada porque está “en Cristo Jesús”; fuera de Él, no hay paz verdadera.
Aplicación pastoral: Cuando la ansiedad golpea, la oración es el medio. No una oración formal, sino un derramar nuestras peticiones con acción de gracias (agradeciendo incluso el privilegio de orar). Al hacerlo, la paz viene y monta guardia sobre nuestra psique atribulada. Usted no tiene que fabricar la paz; solo tiene que orar, y la paz de Dios hará su trabajo.
Llegamos ahora a la cúspide cristológica de nuestro sermón. Hemos visto al Padre guardando en paz, y a la paz de Dios guardándonos. ¿Pero cuál es la raíz última que garantiza que esta guarda no falle? ¿Qué sucede cuando nuestra fe titubea y nuestras fuerzas se agotan, como le ocurrió a Pedro?
El Señor Jesús, en la misma noche de su arresto, se enfrenta a Pedro con una verdad escalofriante pero gloriosa:
“Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lucas 22:31-32, RVR1960)
Este es el eslabón de oro que une todo. Aquí vemos el conflicto espiritual en su crudeza: Satanás ha solicitado permiso al tribunal divino para “zarandear” a los discípulos (y especialmente a Pedro). El zarandeo es una prueba violenta, como la criba que agita el trigo para separar la paja. Pedro caerá estrepitosamente, negará a Cristo tres veces. Su miedo será tan grande que llegará a maldecir.
Pero Jesús no ora para que Pedro evite el zarandeo; ora para que su fe no falte completamente. ¿Qué significa esto? Que aunque la fe de Pedro se opaque, aunque vacile y peque gravemente, la raíz de su fe permanecerá viva porque Cristo la está sosteniendo desde el trono de gracia. La intercesión de Cristo es eficaz; no es un deseo piadoso, sino una petición que el Padre siempre concede (Juan 11:42; Romanos 8:34).
La progresión teológica es gloriosa: 1. En Isaías, el Padre promete guardar al creyente en paz. 2. En Filipenses, la paz de Dios (administrada por el Espíritu) guarda al creyente. 3. En Lucas, el Hijo guarda la fe del creyente mediante su intercesión personal.
Esto es la Trinidad en acción para la seguridad de uno de sus hijos. El Padre decreta la paz; el Espíritu aplica la paz que guarda; y el Hijo, con su oración perpetua, garantiza que la fe que recibe esa paz no se extinga jamás.
Desde la perspectiva Reformada Bautista Confesional (1689), estas tres guardas son el fundamento de la Perseverancia de los Santos. No perseveramos porque seamos fuertes, sino porque somos guardados por el poder de Dios mediante la fe (1 Pedro 1:5). La Confesión declara que aquellos que Dios ha aceptado en el Amado, y santificado por su Espíritu, nunca caen total ni finalmente de su estado de gracia, sino que son preservados por el poder de Dios hasta la salvación. Y esta preservación descansa enteramente en la intercesión ininterrumpida de Cristo.
Cuando el miedo inexplicable nos asalta, cuando solo acertamos a decir “Señor, tengo miedo”, no estamos siendo débiles; estamos siendo honestos. Y en esa honestidad, el Espíritu Santo toma nuestra mirada y la fija en el Padre que guarda, nos envuelve en la paz que sobrepasa el entendimiento, y nos asegura que, aunque nuestro corazón nos condene, Cristo está orando por nosotros en los cielos.
Terminamos donde comenzamos en el texto de Lucas, pero resaltando la parte final del versículo 32, que a menudo pasamos por alto:
“…y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.”
¡Qué palabra de esperanza! Pedro caerá, pero volverá. El zarandeo no es para destrucción, sino para purificación. Y la prueba no es un fin en sí misma; tiene un propósito ministerial: “confirma a tus hermanos”. Es decir, el creyente que ha sido asaltado por el miedo y que ha experimentado la triple guarda de Dios, el que ha sido restaurado por la intercesión de Cristo, sale fortalecido para ser un instrumento de consuelo para otros que también tiemblan.
Así que, amado hermano, cuando ese terrible temor llame a su puerta, no huya de Dios; corra a Él. Su clamor “Señor, tengo miedo” es escuchado en el cielo, donde el Hijo intercede. Y el Padre, que ya ha prometido guardarle en perfecta paz, y el Espíritu, que envuelve su corazón con esa paz incomprensible, le sostendrán.
Cierre con la promesa de Cristo:
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27)
Y que la certeza de la intercesión de Cristo sea su escudo: “yo he rogado por ti, que tu fe no falte”. Amén.