El marxismo como obstáculo epistemológico para la ciencia: libertad científica, investigación básica, innovación biomédica y resultados de salud
Introducción
Durante el siglo XX, el marxismo trascendió el ámbito de la teoría política y económica para convertirse en una cosmovisión que influyó profundamente en universidades, centros de investigación, sistemas educativos y políticas sanitarias. En numerosos países, no se limitó a ofrecer una interpretación de la realidad social, sino que aspiró a convertirse en el marco intelectual dominante a partir del cual debían comprenderse los fenómenos económicos, históricos, biológicos y culturales. Esta aspiración plantea una pregunta fundamental para la filosofía de la ciencia: ¿qué ocurre cuando una ideología política adquiere la capacidad de definir qué preguntas son legítimas, qué métodos son aceptables y qué resultados pueden considerarse verdaderos?
En este ensayo expongo que los problemas del marxismo para la ciencia no radican solo en sus consecuencias económicas, sino también en su tendencia histórica a concentrar la autoridad intelectual en estructuras políticas centralizadas. Cuando una doctrina política adquiere el poder de delimitar el conocimiento legítimo: la libertad científica se debilita, la investigación básica pierde diversidad, la innovación biomédica se ralentiza y, finalmente, se afectan los resultados sanitarios de la población. La historia de la Unión Soviética, Alemania Oriental, la China maoísta, Corea del Norte y otros regímenes inspirados en el marxismo proporciona evidencia empírica que permite analizar esta cadena causal. En este orden precisamente he dividido el ensayo para hacerlo más digerible, porque tal vez no haya tema más abstruso y aburrido que el marxismo científico.
Antes de avanzar al ensayo es importante tener claridad conceptual de que el marxismo constituye simultáneamente una teoría social, una doctrina económica y una ideología política. Aunque sus defensores han reivindicado con frecuencia su carácter científico, su influencia histórica se ha expresado principalmente como un sistema de ideas normativas orientado a la transformación de la sociedad y a la organización del poder político.
En mi ensayo no voy a discutir los disfraces lingüísticos que usa el marxismo en salud pública ya que son ampliamente conocidos y repetirlos hace perder el espíritu de este documento.
Libertad científica y progreso del conocimiento
La ciencia moderna se distingue de otros sistemas de creencias porque ninguna teoría está a salvo de críticas. Karl Popper (1957, 1966) argumentó que una teoría científica debe ser falsable; es decir, debe existir la posibilidad de que la evidencia demuestre que es errónea. Asumimos en consecuencia que el conocimiento progresa mediante la confrontación permanente entre hipótesis rivales y evidencia empírica.
La crítica popperiana al marxismo se centró precisamente en que muchas de sus formulaciones históricas parecían adaptarse continuamente para evitar la refutación. Si una revolución socialista triunfaba, la teoría se consideraba confirmada. Si fracasaba, se afirmaba que las condiciones históricas aún no estaban maduras. Para Popper (1957), esta elasticidad interpretativa reducía la capacidad del marxismo para funcionar como una teoría científica estricta.
En 1962 Thomas Kuhn mostró que toda comunidad científica opera dentro de paradigmas que determinan qué preguntas son relevantes y qué respuestas son plausibles. Aunque Kuhn no formuló una crítica específica al marxismo, su teoría permite comprender los riesgos de cualquier paradigma que se convierta simultáneamente en doctrina política. Cuando el poder político protege un paradigma determinado, la competencia entre ideas disminuye y la corrección de errores se vuelve más difícil.
La libertad científica constituye precisamente el mecanismo institucional que protege a la ciencia frente a este riesgo. Su función es garantizar que las teorías compitan por su capacidad explicativa y no por su alineación ideológica.
Las universidades como guardianas de la libertad intelectual
La universidad es la institución encargada históricamente de proteger la libertad intelectual. Wilhelm von Humboldt (1970) sostenía que la universidad debía constituir un espacio dedicado a la búsqueda desinteresada del conocimiento. Karl Jaspers (1965) insistía igualmente en que la misión universitaria consiste en la búsqueda de la verdad mediante el debate crítico y la investigación libre.
La importancia de esta autonomía es evidente al observar el origen de las principales revoluciones biomédicas modernas. La genética molecular, la secuenciación genómica, la inmunoterapia, la biología computacional, la tecnología CRISPR y las vacunas de ARN mensajero surgieron en entornos universitarios relativamente autónomos, donde los investigadores podían explorar preguntas cuyo valor práctico era inicialmente desconocido.
En numerosos sistemas marxistas-leninistas, sin embargo, las universidades asumieron además una función explícitamente ideológica. La educación superior debía contribuir a la formación del “nuevo hombre socialista” y a la consolidación del proyecto político del Estado. Esta subordinación no eliminó la producción científica, pero sí condicionó qué disciplinas eran promovidas y cuáles podían entrar en conflicto con la ortodoxia oficial (Graham, 1993). En Colombia, los ejemplos anecdóticos existen en las universidades públicas y privadas, aunque de donde más escucho historias de sesgo ideológico marxista es de la Universidad de Antioquia en su facultad de salud pública, más que una crítica, es una invitación a las universidades sobre el porqué de esa percepción y actuar con firmeza para corregir las realidades que la generan.
Investigación básica: el origen invisible de toda innovación médica
La investigación básica es el fundamento de casi todas las revoluciones médicas contemporáneas. A diferencia de la investigación aplicada, no persigue necesariamente resultados prácticos inmediatos. Su objetivo consiste en comprender fenómenos fundamentales de la naturaleza.
Cuando Watson y Crick describieron la estructura del ADN en 1953, nadie podía prever la aparición de la. medicina genómica. De forma similar, las investigaciones iniciales sobre ARN mensajero realizadas durante las décadas de 1970 y 1980 parecían alejadas de cualquier aplicación clínica relevante. Décadas después, esos descubrimientos permitieron desarrollar vacunas mRNA capaces de transformar la respuesta global frente a enfermedades infecciosas.
Mario Bunge (1998) insistía en que la investigación básica constituye una inversión civilizatoria porque sus beneficios son impredecibles y suelen manifestarse décadas después.Precisamente por ello, requiere libertad intelectual que toma riesgos, tolera el fracaso y tienes diversidad de enfoques. Asumir riesgos reconociendo las desigualdades como un elemento positivo que impulsa el crecimiento, es algo que el marxismo rechaza desde su misma concepción.
Los sistemas fuertemente centralizados, como los marxistas, tienden a privilegiar objetivos políticos concretos y resultados visibles en el corto plazo. Sin embargo, los descubrimientos científicos más importantes rara vez surgen de planes centralizados. Aparecen gracias a ecosistemas de investigación abiertos donde miles de científicos exploran simultáneamente caminos diferentes y que no enmarcan sus hallazgos de antemano en la corrección de un marco ideológico prescriptivo.
Lysenko y la destrucción de la genética soviética
El ejemplo histórico más conocido de subordinación de la ciencia a la ideología fue el lysenkoísmo. Trofim Lysenko rechazó la genética mendeliana porque la consideraba incompatible con ciertos principios del materialismo dialéctico. Sus teorías recibieron respaldo político directo y se convirtieron en doctrina oficial del Estado soviético (Medvedev, 1969; Graham, 1993).
Las consecuencias fueron devastadoras. Institutos de genética fueron cerrados, investigadores perseguidos y programas enteros de investigación desmantelados. El genetista Nikolái Vavílov, uno de los científicos más importantes de su época, murió bajo custodia soviética después de ser arrestado por oponerse a las tesis de Lysenko (Medvedev, 1969).
Mientras Estados Unidos, Europa Occidental y Japón desarrollaban la genética molecular que posteriormente daría origen a la biotecnología moderna, la Unión Soviética permanecía rezagada. Las consecuencias se extendieron a áreas fundamentales para la medicina contemporánea, incluyendo la farmacogenómica, la biología molecular y la medicina personalizada.
El lysenkoísmo demuestra que el daño producido por la pérdida de libertad científica no se limita a una generación de investigadores. Puede retrasar durante décadas el desarrollo de tecnologías médicas futuras.
El lysenkoísmo constituye uno de los ejemplos más evidentes de lo que puede ocurrir cuando una doctrina ideológica invade el terreno de la ciencia. Su irracionalidad resulta hoy fácil de demostrar porque sus consecuencias fueron visibles, documentadas y devastadoras. Sin embargo, existen otros enfoques inspirados en categorías marxistas, como ciertas corrientes de la medicina social latinoamericana o de la teoría de la determinación social de la salud, cuyos supuestos son más difíciles de cuestionar debido a su amplia aceptación académica y a la tendencia a presentarlos como posiciones moralmente incuestionables. Precisamente por ello, su evaluación crítica exige un esfuerzo intelectual mayor y una disposición a examinar la evidencia sin concesiones al conformismo político o académico.
Los daños que pueden derivarse de marcos teóricos excesivamente cerrados no siempre son tan espectaculares como los provocados por el lysenkoísmo, pero pueden ser igualmente profundos. Cuando una generación de investigadores es formada dentro de paradigmas que privilegian determinadas explicaciones y desincentivan la exploración de alternativas, se restringe la diversidad intelectual y se limita la capacidad de innovación. El resultado puede ser un retraso en la creación, incorporación y desarrollo de nuevos conocimientos.
Si Colombia aspira a construir una salud pública moderna, científica y capaz de responder a los desafíos del siglo XXI, debe fomentar una cultura académica abierta al debate, a la crítica y a la contrastación empírica de las ideas. Ninguna teoría debe quedar exenta de escrutinio. El progreso científico exige reemplazar los discursos por evidencia, las consignas por investigación y los dogmas por una búsqueda permanente de la verdad. Solo así podremos evitar repetir errores del pasado y construir políticas de salud verdaderamente orientadas al bienestar de la población.
De la investigación básica a la innovación biomédica
La innovación biomédica depende directamente de la acumulación de conocimiento obtenido mediante investigación básica. Las terapias génicas, la inmunoterapia contra el cáncer, los diagnósticos moleculares y la medicina personalizada son el resultado de décadas de investigación fundamental en genética, inmunología, biología molecular y ciencias computacionales.
Friedrich Hayek (1945) argumentó que el conocimiento está disperso entre millones de individuos y que ningún organismo central puede anticipar completamente dónde surgirán los descubrimientos más importantes. La historia de la medicina parece confirmar esta observación. Ninguna autoridad estatal planificó la invención de CRISPR, la secuenciación masiva del genoma o las vacunas de ARN mensajero.
La innovación surge normalmente cuando existe competencia entre instituciones, diversidad de enfoques y libertad para desafiar supuestos establecidos.
La medicina personalizada y los límites del reduccionismo marxista
La medicina personalizada representa uno de los mayores desafíos contemporáneos para las teorías que intentan explicar la salud mediante un único conjunto de variables sociales o económicas.
Los avances recientes han demostrado que personas expuestas a contextos sociales similares pueden presentar riesgos radicalmente distintos de desarrollar cáncer, diabetes, enfermedades cardiovasculares o trastornos neurodegenerativos debido a diferencias genéticas específicas. Mutaciones en genes como BRCA1 y BRCA2, biomarcadores moleculares y mecanismos epigenéticos desempeñan un papel decisivo en la susceptibilidad individual a numerosas enfermedades (Collins & Varmus, 2015).
Los determinantes sociales de la salud son importantes. Sin embargo, la medicina contemporánea demuestra que ningún modelo explicativo centrado exclusivamente en relaciones económicas puede capturar toda la complejidad humana. La salud surge de la interacción entre genética, inmunología, comportamiento, ambiente e instituciones.
En este sentido, la medicina personalizada constituye una evidencia empírica de la necesidad de enfoques multicausales frente a interpretaciones excesivamente reduccionistas, como aquellas derivadas de ciertas corrientes inspiradas en el marxismo que privilegian la determinación social de la salud como factor explicativo predominante.
La psiquiatría soviética y la captura ideológica de la medicina
Uno de los episodios más preocupantes de interacción entre ideología marxista y medicina ocurrió en la psiquiatría soviética. Durante varias décadas se utilizó el diagnóstico de esquizofrenia lenta (sluggish schizophrenia) para justificar el internamiento de disidentes políticos. Esta categoría diagnóstica permitía considerar enfermas a personas que no manifestaban síntomas psicóticos evidentes, atribuyendo el pensamiento reformista o la crítica política a una supuesta enfermedad mental (Bloch & Reddaway, 1984; Van Voren, 2021).
Diversas investigaciones históricas estiman que entre 1.000 y 1.500 personas mentalmente sanas se encontraban simultáneamente internadas por razones políticas en determinados momentos de la década de 1970 (Schacht, 2021).
Asimismo, se ha estimado que al menos 20.000 personas fueron internadas en instituciones psiquiátricas soviéticas por motivos políticos durante el período de utilización sistemática de estas prácticas (Bloch & Reddaway, 1984; Van Voren, 2021).
Más allá del número exacto de víctimas, el caso resulta relevante porque muestra cómo la pérdida de autonomía científica puede transformar una disciplina médica en un instrumento de control político. Este asunto es relevante hoy dado que ya he visto algunos profesionales médicos diciendo que difundir ideas de libertad de mercados absoluta y querer educar bajo principios religiosos son signos de enfermedad mental, a estos profesionales les invito a reflexionar y corregir el rumbo o acaso ¿quieren encerrar o medicar a los que no se adscriben a una doctrina política marxista? o ¿quieren repetir a la psiquiatría soviética en sus aventuras?
Los resultados sanitarios de la Unión Soviética
Aunque la Unión Soviética logró avances importantes en vacunación, cobertura sanitaria básica y alfabetización durante sus primeras décadas, a partir de los años sesenta comenzó a evidenciarse un estancamiento relativo frente a las principales economías occidentales.
Los datos comparativos entre la Unión Soviética y Estados Unidos para mediados de los años ochenta muestran diferencias significativas en esperanza de vida, mortalidad cardiovascular, mortalidad prematura masculina y capacidad de innovación biomédica (De la Hoz Siegler, 2025b).
Estas diferencias adquirieron mayor relevancia a medida que la medicina moderna pasó a depender crecientemente del desarrollo tecnológico, la farmacología avanzada y la investigación biomédica de punta, que tienen todas sus origenes en la libertad de pensamiento y de mercados.
Los avances soviéticos iniciales muestran que los determinantes sociales pesan, pero no lo son todo y su influencia es limitada, es necesario fortalecer también la agencia individual-tomar buenas decisiones- para ser realmente saludable. La equidad forzada, la igualdad por la que tanto abogan muchos no mejora los resultados en salud para las poblaciones tanto como la libertad como lo demuestra la evidencia empírica.
Hace ya bastante tiempo en un foro, recuerdo haber argumentado que una de las evidencias más incómodas para la teoría de la determinación social de la salud era que la Unión Soviética, pese a perseguir y conseguir mayores niveles de igualdad económica, terminó mostrando resultados de mortalidad y esperanza de vida inferiores a los de Estados Unidos en períodos equivalentes. Breilh me respondió, más o menos, que aquello “no era verdadero socialismo” y que “nunca había existido una auténtica equidad”. Lástima no haber grabado aquella conversación. Aunque, para ser justos, eran otros tiempos: yo también estaba bastante más flaco. Como pueden notar la respuesta de Breihl se inscribió en la reflexión popperiana sobre el marxismo de evitar la refutación a través de la reinterpretación de la historia.
Para consultar cifras sobre resultados de salud en la Unión Soviética y Estados Unidos en igual momento histórico puede ir aquí https://rpubs.com/ilich_herbert_delahoz_siegler/1422250
Las dos Alemanias: un experimento natural excepcional
La comparación entre Alemania Oriental y Alemania Occidental constituye uno de los experimentos naturales más útiles para analizar el efecto de diferentes sistemas institucionales sobre la salud.
Ambos países compartían cultura, idioma, tradición médica e historia común. Sin embargo, evolucionaron bajo sistemas económicos y políticos radicalmente diferentes después de la Segunda Guerra Mundial.
Las comparaciones históricas muestran que Alemania Occidental obtuvo ventajas sostenidas en innovación farmacéutica, equipamiento hospitalario, investigación biomédica y diversos indicadores sanitarios, incluida la esperanza de vida (De la Hoz Siegler, 2025a).
Estas diferencias sugieren que los resultados en salud no dependen únicamente de la cobertura universal o de la provisión estatal de servicios médicos, sino también de la capacidad general de una sociedad para generar innovación científica y que la igualdad forzada solo garantiza salud de manera muy limitada. Otra posible lección para Colombia es el incremento de la corrupción en el sector salud cuando el prestador y asegurador principal es el gobierno.
Para datos comparativos sobre salud en las dos Alemanias puede ir aquí: https://rpubs.com/ilich_herbert_delahoz_siegler/1436909
Si quiere ver aun más el lado oscuro de técnicas del marxismo científico aplicado sobre la población civil busque los términos Zersetzung asociado a Stasi en cualquier biblioteca o hasta el internet.
China, el Gran Salto Adelante y el problema epistemológico de los datos
China ofrece otro ejemplo ilustrativo. Durante el Gran Salto Adelante, la presión política para demostrar el éxito de las políticas oficiales provocó la falsificación sistemática de datos agrícolas. Funcionarios locales exageraban los niveles de producción para cumplir expectativas ideológicas, mientras la información real desaparecía progresivamente del sistema de toma de decisiones.
Frank Dikötter (2010) ha documentado cómo estas distorsiones contribuyeron a una de las mayores hambrunas de la historia humana. Adicional a sus consecuencias económicas y demográficas, el episodio revela un problema epistemológico fundamental: cuando los datos deben adaptarse a una narrativa política, la capacidad de corregir errores desaparece.
Las reformas impulsadas posteriormente por Deng Xiaoping introdujeron mayores niveles de apertura económica, cooperación internacional y desarrollo universitario. El espectacular crecimiento científico chino de las décadas posteriores coincide precisamente con una integración mucho más profunda enlos circuitos internacionales de producción de conocimiento.
Si te preguntas y porque este párrafo está aquí, recuerda el concepto de alteración de datos para demostrar éxitos y salta a la parte sobre los cubanos.
Corea del Norte y Corea del Sur: dos trayectorias divergentes
La comparación entre Corea del Norte y Corea del Sur proporciona otra evidencia relevante. Después de la Segunda Guerra Mundial, ambas sociedades compartían características culturales e históricas similares. Sin embargo, evolucionaron bajo modelos institucionales profundamente distintos.
Corea del Sur desarrolló universidades competitivas, una industria tecnológica avanzada y una integración creciente en la economía global del conocimiento. Actualmente se encuentra entre los líderes mundiales en innovación tecnológica, biotecnología y producción científica.
Corea del Norte, por el contrario, permaneció relativamente aislada de los principales circuitos internacionales de investigación. Las diferencias acumuladas en desarrollo tecnológico, nutrición, capacidad hospitalaria y esperanza de vida reflejan trayectorias institucionales profundamente divergentes (Oberdorfer & Carlin, 2014). Hoy un norcoreano tiene una expectativa de vida al nacer de 74 años, 10 años menos que su par de Corea del Sur.En 2023, Corea del Norte registró aproximadamente 67 muertes maternas por cada 100.000 nacidos vivos, mientras que Corea del Sur registró apenas 4. Esto implica que una mujer norcoreana enfrentaba un riesgo de muerte asociado al embarazo o al parto cerca de diecisiete veces superior al de una surcoreana. Dado que ambas poblaciones comparten una herencia cultural e histórica similar, estas diferencias constituyen una evidencia relevante de cómo las instituciones, el desarrollo económico, la innovación médica y la capacidad científica pueden traducirse en resultados concretos de salud (World Bank, 2025; WHO et al., 2025).
Este es otro contrafactual de la equidad como algo deseable para la salud: el coeficiente de Gini de Corea del Norte es de cero, perfecta igualdad. En Corea del Sur es de 0.33, es decir desigualdad moderada. ¿De verdad se puede decir que la determinación social es 100% correcta y que pesa tanto como afirman los marxistas en la salud de las personas?
Cuba y la complejidad de la evidencia: cuando la retención ideológica desplaza la meritocracia científica
El caso cubano es frecuentemente citado como una excepción exitosa dentro de los sistemas inspirados en el marxismo-leninismo. Durante varias décadas, el país logró indicadores notables en salud pública: una mortalidad infantil muy baja (alrededor de 4-5 por 1.000 nacidos vivos en los mejores años), una esperanza de vida cercana a la de naciones desarrolladas y una cobertura universal de atención primaria con alta densidad de médicos. Estos resultados, alcanzados a pesar de un contexto económico adverso, representan un logro real que merece reconocimiento. Cuba demostró que es posible obtener avances importantes en salud mediante una fuerte organización comunitaria, énfasis en la prevención y priorización políticadel sector.
Sin embargo, una evaluación rigurosa desde la salud pública obliga a matizar estos logros y analizar su sostenibilidad. En primer lugar, varios estudios han documentado posibles manipulaciones estadísticas. Existe evidencia de que parte de la baja mortalidad infantil se explica por la reclasificación sistemática de muertes neonatales tempranas como muertes fetales tardías, una práctica que infla artificialmente los resultados y no se observa en la misma magnitud en otros países de la región. Esto afecta tanto las cifras de mortalidad infantil como el cálculo de esperanza de vida.
En segundo lugar, estos indicadores se obtuvieron mediante una priorización extrema de recursos en el sector salud, en detrimento de otros ámbitos económicos y sociales. Durante décadas, el sistema destinó una proporción gigantesca de recursos humanos, materiales y financieros a la salud, muchas veces a costa de la infraestructura, la alimentación o la economía productiva. Este modelo, además, recibió subsidios significativos de la Unión Soviética en su momento y, posteriormente, ingresos por exportación de servicios médicos. Se trató, en buena medida, de un esfuerzo concentrado y artificialmente sostenido, no necesariamente replicable ni sostenible sin distorsiones mayores.
Una comparación con países no socialistas de América Latina con nivel de desarrollo similar o inferior resulta ilustrativa. Chile y Costa Rica han logrado indicadores de salud comparables o superiores a los de Cuba sin adoptar un sistema político centralizado ni una economía planificada. Ambos países combinan crecimiento económico sostenido, sistemas de salud con fuerte componente público pero con mayor espacio para la iniciativa privada y la meritocracia, y libertad académica. En 2023-2024, Chile y Costa Rica mantenían mortalidad infantil y esperanza de vida similares o mejores que Cuba, con menor densidad médica pero mejor retención de talento y mayor capacidad de innovación biomédica.
En Cuba, uno de los fenómenos más significativos observados durante las últimas décadas ha sido el éxodo sostenido de profesionales sanitarios y académicos. De acuerdo con datos reconocidos por las propias autoridades cubanas, entre 2021 y 2022 el sistema perdió más de 12.000 médicos, 7.414 enfermeros y más de 3.000 odontólogos.Además, funcionarios del sector salud reconocieron la salida de más de 8.000 estudiantes de pregrado en ciencias médicas, más de 5.000 estudiantes de posgrado y más de 1.400 docentes vinculados a la formación médica (Havana Times, 2024).
La magnitud del fenómeno se ha profundizado posteriormente. Datos oficiales de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) indican que el número de médicos registrados cayó de 106.131 en 2021 a aproximadamente 75.364 en 2024, lo que representa una pérdida superior a 30.000 médicos en apenas tres años. Paralelamente, se registró una reducción significativa de personal de enfermería, odontología y otras profesiones sanitarias (ONEI, 2025).
Desde una perspectiva epistemológica, esta situación resulta particularmente relevante debido a que los sistemas científicos avanzados dependen de su capacidad para atraer y retener capital humano altamente especializado. Cuando un número importante de médicos, investigadores, profesores universitarios y estudiantes decide abandonar el sistema, ello constituye una señal indirecta de que los incentivos institucionales pueden estar fallando.
Diversos testimonios de médicos cubanos emigrados describen problemas recurrentes asociados con bajos salarios, deterioro de la infraestructura hospitalaria, escasez de medicamentos esenciales y limitadas oportunidades de desarrollo profesional. Algunos especialistas afirman haber trabajado en contextos donde la falta de antibióticos, equipos diagnósticos, ventiladores o insumos básicos dificultaba gravemente la práctica de una medicina basada en evidencia (Diario de Cuba, 2024; Havana Times, 2024).
Sin embargo, más allá de las limitaciones económicas, existe una cuestión institucional más profunda. Numerosos analistas han argumentado que en sistemas altamente centralizados las oportunidades de desarrollo profesional pueden depender parcialmente de la conformidad ideológica con los objetivos políticos del Estado. En tales contextos, la lealtad institucional corre el riesgo de adquirir una importancia comparable o incluso superior al mérito académico, científico o clínico. Este problema no es exclusivo de Cuba y ha sido documentado históricamente en diversos sistemas marxista-leninistas, donde la ortodoxia ideológica desempeñó un papel relevante en la promoción profesional y en la asignación de oportunidades académicas (Graham, 1993; Jaspers, 1965).
La evidencia histórica muestra que las comunidades científicas más innovadoras se caracterizan por la existencia de competencia entre ideas, libertad para cuestionar paradigma dominantes y sistemas de evaluación basados en la calidad de la evidencia y los méritos científicos. Cuando los investigadores perciben que determinadas posiciones políticas son una condición implícita para progresar profesionalmente, aumenta la autocensura y disminuye la diversidad intelectual, elementos que afectan directamente la capacidad de innovación (Popper, 1966; Hayek, 1945).
La situación de numerosos médicos cubanos emigrados resulta particularmente ilustrativa. Distintas asociaciones profesionales han denunciado obstáculos administrativos impuestos a médicos que abandonan el país, incluyendo dificultades para obtener certificaciones laborales y documentación necesaria para ejercer profesionalmente en el extranjero. Algunos profesionales han interpretado estas medidas como mecanismos destinados a reforzar la subordinación institucional mediante incentivos políticos más que académicos o científicos (Asociación de Médicos Cubanos en España, 2025).
El problema fundamental no consiste únicamente en determinar si Cuba presenta buenos o malos indicadores sanitarios en áreas específicas. La cuestión central es comprender qué condiciones institucionales permiten sostener el progreso científico de largo plazo. La evidencia sugiere que la excelencia científica florece cuando la evidencia tiene prioridad sobre la ideología, cuando el mérito pesa más que la conformidad política y cuando los investigadores pueden cuestionar libremente paradigmas establecidos. La emigración sostenida de médicos, investigadores,profesores universitarios y estudiantes altamente cualificados sugiere que una parte significativa del capital humano formado por el sistema percibe mejores oportunidades para desarrollar su potencial científico fuera de él que dentro de sus estructuras institucionales.
En consecuencia, el caso cubano puede interpretarse como una manifestación contemporánea de la tesis central de este ensayo: cuando la libertad científica, la meritocracia académica y la autonomía profesional son progresivamente reemplazadas por sistemas donde la conformidad ideológica adquiere un peso significativo en la vida institucional, el resultado no suele ser una mayor capacidad de innovación, sino la fuga de talento, el debilitamiento de la investigación básica y una menor capacidad para participar en las grandes revoluciones biomédicas del siglo XXI.
Otra lección que se desprende del caso cubano, además de la importancia de contar con datos confiables y verificables, es la necesidad de ser prudentes en la asignación de recursos públicos. La búsqueda de mejoras marginales en determinados indicadores de salud no debería realizarse a costa del desarrollo productivo, la infraestructura o la capacidad de crecimiento de un país. La experiencia histórica sugiere que la salud de una población depende no solo del gasto sanitario, sino también de la prosperidad económica, la innovación, las instituciones y la disponibilidad de recursos que esa prosperidad hace posible. En este sentido, los enfoques maximalistas que conciben la salud como un objetivo que debe prevalecer sobre todas las demás prioridades sociales suelen terminar generando resultados insostenibles y, con frecuencia, contraproducentes.
Conclusión
El marxismo puede entenderse como una teoría social con pretensiones científicas que históricamente ha funcionado también como una ideología política. El principal debate no es si contiene ideas útiles, sino si puede reclamar para sí el mismo estatus científico que disciplinas cuyos postulados están constantemente expuestos a la refutación empírica.
El marxismo es uns de las teorías sociales más influyentes de la modernidad, pero su principal debilidad aparece cuando deja de actuar como una hipótesis sometida a la evidencia y se convierte en una explicación privilegiada de la realidad. Desde una perspectiva epistemológica, su tendencia a interpretar los fenómenos humanos a través de una única lógica explicativa reduce el pluralismo intelectual, dificulta la autocorrección y debilita los mecanismos mediante los cuales la ciencia progresa.
Desde una perspectiva ontológica, el problema es igualmente profundo. La realidad humana no puede reducirse a las relaciones económicas ni a los conflictos de clase. La salud, la enfermedad, el comportamiento y el desarrollo social emergen de la interacción compleja entre factores biológicos, genéticos, psicológicos, culturales, institucionales y económicos. La medicina personalizada ha demostrado que ninguna variable posee el monopolio de la explicación.
La experiencia histórica confirma estas limitaciones. El lysenkoísmo, la psiquiatría soviética, el rezago científico de la Unión Soviética, las diferencias sanitarias entre las dos Alemanias y las trayectorias divergentes de China, Corea y Cuba muestran que cuando la ideología condiciona la producción del conocimiento, la innovación se debilita y el costo termina reflejándose en la salud y el bienestar de las personas.
La lección central es clara: la ciencia avanza gracias a la libertad de cuestionar, no a la obligación de creer. El progreso surge de la crítica, la competencia entre ideas y la disposición permanente a abandonar nuestras teorías cuando la evidencia las contradice. Allí donde predominan la libertad científica, la autonomía universitaria, el mérito y la evidencia empírica, florecen la investigación básica, la innovación biomédica y los avances en salud. Allí donde el dogma sustituye a la verdad, el conocimiento se estanca y la sociedad retrocede. En última instancia, defender la libertad intelectual no es solo una exigencia académica; es una condición indispensable para el progreso científico, la mejora de la salud poblacional y el desarrollo humano.
Llamado a la Acción
Los sistemas de ideas como el marxismo deben ser evaluados por sus consecuencias sobre la libertad de investigación, la capacidad de autocorrección del conocimiento y los resultados observables que producen. Cuando cualquier doctrina limita la crítica, restringe el pluralismo intelectual o subordina la evidencia a verdades previamente establecidas, aumenta el riesgo de estancamiento científico y de errores con consecuencias humanas significativas. Por ello, el compromiso fundamental de científicos, universidades y responsables de políticas públicas debe ser con la libertad intelectual, la evidencia empírica, la evaluación crítica permanente y la búsqueda honesta de la verdad. La historia muestra que son estos principios, más que la fidelidad a cualquier sistema ideológico, los que han permitido los mayores avances en conocimiento, salud y bienestar humano. Rechazar el marxismo, y los disfraces lingüísticos que usa, desde la academia, la ciencia, la política y la salud pública como interpretación de la realidad debe ser inequívoca, de no hacerlo nos arriesgamos al estancamiento y deterioro progresivo de la sociedad.
Referencias
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