El versículo 10 del Salmo 73 es uno de los textos más complejos y debatidos del Salterio en cuanto a su traducción literal. Para preparar este sermón, he integrado el rigor filológico del comentario de Luis Alonso Schökel (que usted amablemente ha compartido), la exégesis del texto hebreo que revisamos anteriormente, y la síntesis teológica desde la perspectiva Reformada Bautista Confesional (basada en la Confesión de Fe de 1689).
A continuación, presento la estructura y el desarrollo del sermón, diseñado para ser educativo, teológicamente sólido y pastoralmente aplicable.
Texto Base: Salmo 73:10 Enfoque: Exégesis, Teología Sistemática y Aplicación Pastoral
Amada congregación y hermanos en la fe. Hoy nos detenemos en un versículo que ha hecho sudar a los traductores y ha requerido la mayor humildad de los exegetas: el Salmo 73:10.
Si leemos la Reina-Valera 1960, leemos: > “Por eso Dios hará volver a su pueblo aquí, y aguas en abundancia serán exprimidas y sacadas para ellos.”
Sin embargo, como nos enseña la sana hermenéutica, cuando una traducción parece contradecir el flujo lógico del contexto, debemos acudir a los idiomas originales. El erudito Luis Alonso Schökel, en su análisis filológico, señala que este texto es “en extremo difícil”. La tradición masorética y los estudios modernos (como los que Schökel recoge y propone) sugieren que la traducción más fiel al contexto hebreo no es que “Dios hace volver a su pueblo”, sino que los seguidores de los impíos son los que se vuelven hacia ellos.
Schökel traduce y explica el versículo así: “Por eso los siguen sus secuaces y se abrevan de ellos copiosamente”. La metáfora de las “aguas” no se refiere a la provisión de Dios, sino a la avidez con la que los seguidores de los impíos “beben” las palabras arrogantes y el estilo de vida de los malvados (comparando con Job 15:16 o 34:7, donde beber iniquidad es como beber agua).
La tesis del sermón es esta: La prosperidad de los impíos no es solo un escándalo para el creyente (como Asaf experimentó en los versículos anteriores); es una fuerza contagiosa y seductora que el mundo caído utiliza para arrastrar a las almas a la apostasía, bebiendo la arrogancia del mundo como si fuera agua fresca.
Desde la perspectiva de la Confesión de 1689 (Capítulo 6: La Caída del Hombre, el Pecado y el Castigo del Mismo), entendemos que el pecado no es solo un acto individual, sino una condición que corrompe la voluntad y el intelecto. El versículo 10 nos muestra la naturaleza proselitista del pecado. Los impíos no solo pecan en privado; su arrogancia (v. 8-9) se “pasea por la tierra”. El mundo tiene una sed insaciable de las filosofías, la ética relajada y la autosuficiencia de los que se han rebelado contra Dios. * La aplicación doctrinal: El “pueblo” en este versículo (los secuaces) bebe estas aguas porque su naturaleza depravada las encuentra dulces. El mundo ama a los que le hablan de su propia grandeza. La cultura contemporánea “se abrevan copiosamente” del materialismo, el relativismo y el orgullo humano.
¿Por qué permite Dios que los impíos prosperen y que sus “aguas” engañosas inunden la tierra? La Confesión de 1689 (Capítulo 5: La Divina Providencia) nos enseña que el Dios soberano permite el pecado y sus efectos para los fines de Su gloria. Dios permite que el mundo beba estas aguas amargas para: 1. Manifestar la verdadera condición del corazón humano: Demostrar que, sin la gracia restrictiva, la humanidad prefiere las aguas turbias del orgullo a las aguas vivas de la revelación. 2. Purificar a Su Iglesia: La presión cultural y la “envidia” que Asaf sintió (v. 3) son el instrumento de Dios para sacar a la iglesia de su letargo. Dios usa la prosperidad de los impíos como una piedra de toque para revelar quiénes son verdaderamente los “limpios de corazón” (v. 1).
Si el hombre natural bebe las aguas del mundo con avidez, ¿cómo puede un creyente dejar de beberlas? La respuesta no es el moralismo humano, sino la Gracia Soberana. Asaf no pudo resolver el problema con su intelecto (v. 16: “Meditaba yo para entenderlo, pero me resultaba muy difícil”). La solución llegó solo cuando entró en el “misterio de Dios” / “santuario” (v. 17). * En la teología del Nuevo Pacto, el Santuario es la persona y obra de Cristo, y la iluminación del Espíritu Santo a través de las Escrituras. Solo cuando Dios abre nuestros ojos a la realidad escatológica (el fin de los impíos, v. 18-20) y nos da una nueva naturaleza, dejamos de tener sed de las aguas del mundo.
Como docentes, pastores y miembros de la iglesia, este versículo nos confronta en tres áreas prácticas:
En las aulas de la universidad, al enseñar programación, estadística o diseño experimental, los estudiantes están constantemente “bebiendo” las aguas de una cosmovisión secular. Se “abrevan copiosamente” de la idea de que la ciencia y la técnica son autónomas, de que el éxito material es el fin supremo y de que la ética es relativa. * El desafío pastoral: No podemos frustrarnos ni envidiar su “prosperidad” intelectual o material. Nuestra labor no es solo transmitir datos (Python o R), sino modelar una cosmovisión cristiana. Debemos orar para que el Espíritu Santo lleve a esos estudiantes al “Santuario” (la verdad de Cristo), para que se den cuenta de que las aguas del secularismo, aunque parecen frescas, terminan en la ruina (v. 18).
El versículo 10 es una advertencia solemne para la iglesia visible. A veces, las iglesias comienzan a “beber” las aguas del mundo. Adoptan las metodologías del marketing secular, diluyen el mensaje de la cruz para atraer multitudes, y se vuelven pragmáticas. * El desafío pastoral: Hermanos, examinemos qué estamos bebiendo. ¿Estamos consumiendo la teología de la prosperidad, el individualismo moderno o el entretenimiento secular? Si la iglesia se abrevan de las aguas del mundo, perderá su sal. Debemos volver al Santuario, a la predicación expositiva y a la adoración centrada en Dios.
¿De qué se alimenta su mente durante la semana? En la era de las comunicaciones planetarias (como notaba Schökel al referirse a la lengua que “se pasea por la tierra”), las aguas del mundo están en nuestros bolsillos a través de las pantallas. * El desafío pastoral: Si usted siente que su fe “casi resbala” (v. 2), pregúntese: ¿Qué aguas estoy bebiendo en secreto? El antídoto no es aislarse del mundo, sino cambiar de fuente. Como dice el versículo 28: “En cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien”. Cristo es la fuente de agua viva (Juan 4:14). Solo Él satisface la sed del alma sin dejar resaca espiritual.
El Salmo 73:10 nos revela la trágica realidad de un mundo que bebe con avidez el veneno de la autosuficiencia humana. Los seguidores de los impíos beben sus palabras de arrogancia como si fueran aguas de vida, marchando hacia el “resbaladero” (v. 18).
Pero para el creyente, la historia no termina en la envidia ni en la confusión. El Dios de la Providencia, que permite esta realidad para probar nuestra fe, nos ha concedido el privilegio de entrar en el Santuario. Allí, a la luz de la cruz de Cristo, entendemos que las aguas del mundo son un espejismo.
No necesitamos beber de las aguas abundantes pero turbias de la arrogancia humana. Tenemos la Roca de nuestro corazón (v. 26), y de Él manan ríos de agua viva. Que el Señor nos conceda la gracia de no tener sed de lo que el mundo ofrece, sino de encontrar nuestra satisfacción total en Su presencia.
Amén.