Con mucho gusto. Considero que este salmo es uno de los más pastorales de toda la Escritura. El desafío consiste en no convertir el sermón en una mera discusión filológica sobre un versículo difícil, sino permitir que el análisis gramatical conduzca a la verdad espiritual que Asaf desea comunicar. Desde una perspectiva reformada, el texto muestra cómo el pecado no solo corrompe al individuo, sino también a la sociedad mediante la influencia de los impíos; y cómo la única cura para esa influencia es volver a la presencia de Dios.
“Por eso la gente acude a ellos, y bebe de sus palabras como quien bebe agua en abundancia.” (RVC)
“Por eso Dios hará volver a su pueblo aquí, y aguas en abundancia serán extraídas para ellos.” (RVR60)
Vivimos en una época donde nunca ha existido tanta información.
Pero tampoco había existido tanta influencia.
Las redes sociales, los medios de comunicación, los líderes políticos, los artistas, los intelectuales y hasta algunos predicadores compiten diariamente por ganar nuestra atención.
La pregunta no es simplemente:
¿Quién habla?
La pregunta es:
¿A quién estamos escuchando?
Y todavía más profunda:
¿De quién estamos bebiendo?
Eso precisamente observa Asaf.
No solamente le preocupa que los impíos prosperen.
Le preocupa algo mucho peor.
Que las multitudes comiencen a seguirlos.
Antes del versículo 10, Asaf describe a los impíos.
No son personas discretas.
Son orgullosos.
Violentos.
Blasfemos.
Arrogantes.
Dice:
“Ponen su boca contra el cielo.”
No solamente pecan.
Se sienten orgullosos de hacerlo.
Lo sorprendente es la reacción de la sociedad.
En lugar de rechazarlos…
los siguen.
Aquí aparece el versículo 10.
El hebreo literalmente dice
“Por eso vuelve su pueblo acá, y aguas abundantes son exprimidas para ellos.”
La expresión es extraordinariamente difícil.
Durante siglos los traductores han debatido su significado.
La RVR60 conserva la estructura hebrea.
La RVC intenta expresar el sentido.
Muchos comentaristas entienden que el texto significa:
“Por eso la gente acude a ellos y bebe de sus palabras.”
No cambia la doctrina.
Explica el sentido.
Y ese sentido armoniza perfectamente con el contexto.
Los versículos anteriores describen la arrogancia.
Los siguientes muestran que las personas terminan diciendo:
“¿Cómo sabe Dios?”
Es decir,
la incredulidad comienza a propagarse.
Aquí aparece una imagen extraordinaria.
El agua representa satisfacción.
Necesidad.
Dependencia.
Todos necesitamos beber.
El problema es:
¿De qué fuente estamos bebiendo?
La imagen del versículo es impactante.
Las personas llegan sedientas…
y los impíos les ofrecen su manera de pensar.
Ellos beben.
Beben.
Y siguen bebiendo.
Hasta quedar completamente influenciados.
No es simplemente escuchar.
Es absorber.
Es interiorizar.
Es adoptar la cosmovisión del mundo.
Este principio aparece en toda la Biblia.
Cuando alguien parece exitoso,
la gente supone que tiene razón.
Por eso siguen:
al rico,
al famoso,
al poderoso,
al popular.
No necesariamente al sabio.
No necesariamente al santo.
No necesariamente al justo.
El pecado tiene una enorme capacidad de seducción.
El corazón humano caído siempre busca modelos visibles de éxito.
Eso explica por qué Pablo escribió:
Romanos 1:32
“Quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican.”
El pecado nunca permanece privado.
Siempre genera imitadores.
Asaf casi cae.
No porque quisiera pecar.
Sino porque comenzó a mirar.
A escuchar.
A comparar.
La verdadera batalla comenzó mucho antes de sus pies.
Comenzó en su mente.
El enemigo siempre intenta cambiar primero nuestra manera de interpretar la realidad.
No necesita destruir inmediatamente nuestra fe.
Le basta con sembrar dudas.
Con hacernos admirar aquello que Dios aborrece.
Con hacernos pensar:
“Quizás ellos tienen razón.”
…pero nunca agua viva.
Aquí el contraste con Cristo resulta maravilloso.
Los impíos ofrecen aguas abundantes.
Jesús ofrece agua viva.
Ellos prometen satisfacción.
Cristo promete vida eterna.
Ellos producen dependencia.
Cristo produce libertad.
Ellos llenan por un momento.
Cristo sacia para siempre.
Nuestro Señor dijo:
Juan 4:13-14
“Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.”
Y nuevamente:
Juan 7:37-38
“Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí… de su interior correrán ríos de agua viva.”
Asaf observa personas bebiendo del mundo.
Jesús invita a beber de Él.
Aquí está el centro del salmo.
No fue una mejor explicación filosófica.
No fue un debate.
No fue un argumento intelectual.
Fue un encuentro con Dios.
“Hasta que entrando en el santuario de Dios, Comprendí el fin de ellos.”
La presencia de Dios reorganizó completamente su manera de ver el mundo.
La misma realidad.
Los mismos impíos.
La misma prosperidad.
Pero ahora vista desde la eternidad.
El santuario corrigió su perspectiva.
Quizá hoy algunos hermanos sienten exactamente lo que sintió Asaf.
Ven que la mentira prospera.
Que la injusticia parece triunfar.
Que quienes se burlan de Dios reciben aplausos.
Que los fieles muchas veces sufren.
Y comienzan a preguntarse:
“¿Vale la pena seguir siendo fiel?”
Asaf también hizo esa pregunta.
Pero Dios nunca respondió mostrándole más prosperidad.
Le mostró algo mucho mejor.
Le mostró Su presencia.
Porque cuando uno contempla a Dios,
todo lo demás recupera su verdadero tamaño.
Cada mañana todos llegamos con sed.
La pregunta nunca será:
¿Voy a beber?
Todos beberemos de alguna fuente.
La pregunta es:
¿De cuál?
Podemos beber durante horas de las noticias.
De las redes sociales.
De la política.
De los influencers.
De los discursos del mundo.
O podemos beber de Cristo.
Podemos abrir primero el teléfono…
o abrir primero la Palabra.
Podemos llenar nuestra mente de voces pasajeras…
o de la voz eterna del Buen Pastor.
Cada día alguien intentará enseñarnos cómo interpretar la realidad.
Pero solo Cristo tiene palabras de vida eterna.
Cuando Asaf salió del santuario, los impíos seguían siendo ricos. Las injusticias no habían desaparecido. El mundo seguía siendo el mismo. Lo que había cambiado era el corazón del salmista. Había vuelto a mirar la historia desde el trono de Dios y no desde la aparente prosperidad del mal.
Esa sigue siendo la necesidad de la Iglesia hoy. No necesitamos simplemente más información; necesitamos una visión renovada de la gloria de Dios. Solo cuando contemplamos a Cristo, el verdadero y supremo Sabio, dejamos de envidiar a los impíos y comenzamos a decir con Asaf al final del salmo:
Salmo 73:25-26
“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.”
Ésta es la gran respuesta del Salmo 73: el creyente no vence la sed del mundo porque encuentre un argumento más brillante, sino porque ha encontrado una fuente infinitamente mejor. Mientras el mundo ofrece aguas abundantes que nunca sacian, Cristo ofrece el agua de vida. Quien bebe de Él descubre que, aun en medio de un mundo donde los impíos parecen triunfar, Dios sigue siendo su porción para siempre.