Serafín Lozano Duarte
3 de junio de 2025
El presente trabajo analiza el impacto del teletrabajo en las relaciones sociales desde una perspectiva sociológica, contextualizándolo como una transformación estructural impulsada por la pandemia de COVID-19 y las tecnologías digitales. Aunque inicialmente promovido como una solución eficiente y conciliadora, el teletrabajo ha generado nuevas problemáticas: aislamiento, extensión de la jornada, desigualdad en el acceso y debilitamiento de los vínculos laborales. El estudio muestra cómo el teletrabajo reproduce dinámicas del “capitalismo flexible” y la “modernidad líquida”, priorizando la adaptabilidad individual sobre la estabilidad relacional, y evidenciando una segmentación estructural que impide su universalización. La sociología permite comprender el teletrabajo no solo como fenómeno técnico, sino como problema social construido colectivamente, con implicaciones simbólicas, culturales y políticas. El trabajo concluye que esta modalidad afecta la cohesión, el aprendizaje informal y la identidad laboral, y plantea la necesidad de políticas públicas más equitativas, así como investigaciones futuras que integren enfoques relacionales. Finalmente, se enmarca dentro de una reflexión más amplia sobre cómo se construyen y redefinen los problemas sociales en la sociedad contemporánea.
El teletrabajo ha captado gran interés social y académico en los últimos años a consecuencia de la pandemia de 2020. Bajo este contexto la modalidad del teletrabajo, deslocalizada de los espacios habituales del empleo, se plantea como alternativa gracias al desarrollo de la tecnologías de la información y la comunicación (Collados, 2021; Pérez y Zerbi, 2020). La superposición de estos dos ámbitos, familiar y laboral dificulta la desconexión digital complicando situaciones de estrés. Asimismo, esta disociación espacial no solo limita dónde se trabaja, sino también con quién; los vínculos sociales en el trabajo no se llegan a dar ante la imposibilidad de compartir espacio, llegando a afectar especialmente a empleados recién incorporados (UGT, 2023). Las ciencias sociales pueden ofrecer perspectivas sobre las consecuencias de este nuevo paradigma, así como enriquecerse de los enfoques de Bauman y Sennet, quiénes ofrecen explicaciones sobre las transformaciones ocurridas en el “capitalismo flexible” (Bauman, 2001; 2002; Sennet, 2000). A lo largo de este dossier se realizará revisión del teletrabajo a partir del artículo “Teletrabajo y vínculos sociales: un análisis del caso en España” , elaborado por mis compañeras Inés Andrés Camazón y Estefanía Aranda. A su vez, se incluirá un apartado a modo de conclusión en el que se realizará una revisión general de los trabajos realizados en clase, además de establecer la relación de estos con la asignatura impartida, Taller de aplicaciones sociológicas.
El teletrabajo se articula como una prestación de servicios fuera del lugar físico de la empresa, dándose un intensivo uso de TIC en el contacto entre el trabajo y la empresa (Romero, 2020; Vicente et al., 2018). La aparición y expansión del teletrabajo hace que este fenómeno no se trate de forma unívoca, es decir, su análisis contempla múltiples causas y condiciones que desembocaron en este resurgimiento (Romero, 2020). En un inicio, el teletrabajo es entendido como un modo beneficioso frente a problemas de eficiencia, evitando mayores costes. En los 70 llega a ser entendido como una alternativa verde ante las grandes emisiones del transporte (cfr. Nilles, 1975, p. 1143). A esto se suma la evolución de las tecnologías de la comunicación sumadas a una mentalidad cortoplacista, en la que este formato es adquirido positivamente (Roig y Nebot, 2020). Por último, la crisis sanitaria del COVID-19 actuó como impulso decisivo, forzando la adopción de esta modalidad para evitar contagios sin decaer la actividad económica (Sabadell-Bosch, 2022).
Paralelamente, se fortaleció la percepción social de que el teletrabajo favorece la conciliació entre la vida laboral y personal. No obstante, diversos estudios advierten que, tal como está concebido actualmente, el teletrabajo no constituye una política de conciliación en sí misma, a menos que se acompañe de medidas públicas específicas que integren esta finalidad (Roig y Nebot, 2020). Desde un enfoque constructivista, se comprende que la conciliación y el teletrabajo responden a lógicas políticas diferentes: la primera surge como respuesta a la contradicción estructural entre trabajo remunerado y no remunerado, mientras que el segundo ha sido promovido como una estrategia empresarial-laboral. Aunque el Acuerdo Marco Europeo sobre Teletrabajo (2002) reconocía de forma implícita su potencial para mejorar la conciliación, no la establecía como objetivo principal. En la actualidad, la regulación española (como el RD-ley 28/2020) ha debido adaptarse a las nuevas problemáticas emergentes del teletrabajo, como los riesgos psicosociales, el aislamiento, o la desconexión digital, reforzando su carácter de problema social.
Además, esta modalidad reproduce elementos propios del “capitalismo flexible” y de la “modernidad líquida” (Bauman, 2002), en los que la adaptabilidad individual se valora por encima de la estabilidad relacional, generando vínculos laborales y sociales más débiles. En este contexto, la incertidumbre asociada a la flexibilidad actúa como motor de individualización. Finalmente, el acceso desigual al teletrabajo, donde cerca del 65% de la población trabajadora en España no tiene posibilidad de acceder a esta opción, evidencia una fuerte segmentación estructural que limita su alcance como política universal y profundiza las brechas sociales existentes.
El teletrabajo involucra diversos agentes sociales cuyas posiciones e intereses no siempre coinciden. Para los trabajadores, ha sido percibido como una oportunidad de conciliación y eficiencia (con un 68-70% que lo deseaba antes de la pandemia) (Pérez y Zerbi, 2020). Sin embargo, también enfrentan problemáticas como el aislamiento, la dificultad de separar vida laboral y personal, riesgos psicosociales (como tecnoestrés o fatiga), falta de privacidad, y la extensión de la jornada (Collados, 2021). Aunque se reconocen derechos como la desconexión digital o la igualdad, existe desconfianza hacia esta modalidad, que si bien ofrece flexibilidad, también debilita los vínculos laborales.
Desde el lado empresarial, el teletrabajo se valora por su flexibilidad y potencial de ahorro, pero presenta retos importantes: mantener la cultura corporativa, fomentar el compromiso, e integrar equipos híbridos. En 2024, sólo el 37,5% de las empresas de más de 10 empleados aplicaban alguna forma de teletrabajo, lo que refleja su implementación parcial.
Los sindicatos (como UGT) han sido claves en la negociación colectiva, buscando asegurar condiciones dignas mediante la regulación de derechos, control de costes y protección del tiempo de descanso (Muñoz et al., 2023). Adoptan una postura crítica ante el riesgo de precarización laboral y de erosión de vínculos sociales.
El Estado actúa tanto como regulador como empleador. Ha impulsado marcos normativos (del art. 13 del ET al RD-ley 28/2020 y Ley 10/2021), intentando equilibrar flexibilidad y derechos laborales, aunque sin integrar completamente la perspectiva de conciliación.
Finalmente, las TIC no solo permiten el teletrabajo, sino que lo moldean. Su uso intensivo ha generado nuevas tensiones: vigilancia, falta de desconexión y dependencia tecnológica. Como agente estructurante, refuerzan tanto las oportunidades como las desigualdades del modelo.
El estudio adopta una estrategia metodológica mixta, combinando un enfoque cuantitativo descriptivo con análisis cualitativo documental. Desde una perspectiva sociológica, se integran herramientas de Ciencia de Datos aplicadas a las Ciencias Sociales Computacionales.
En la fase cuantitativa se utilizaron datos secundarios de fuentes oficiales (INE, Eurostat, Eurofound) y sindicales (UGT, Fundación 1º de Mayo). El procesamiento inicial de los datos se realizó en Python (limpieza y consolidación de series) y su análisis en R, mediante técnicas de estadística descriptiva (frecuencias, tendencias, porcentajes) para observar la evolución del teletrabajo y sus implicancias laborales.
La parte cualitativa se basó en el análisis documental de normativas clave (como la Ley de Trabajo a Distancia) e informes sindicales. Se consideró también el uso de sociogramas como herramienta conceptual para representar relaciones laborales, aunque no se contaba con datos relacionales primarios.
El enfoque mixto permitió interpretar los datos en diálogo con la teoría. Si bien algunas investigaciones aplican una aproximación limitada a la Ciencia de Datos (centrada en estadísticas básicas), el informe destaca la necesidad de profundizar en metodologías más avanzadas para comprender mejor la complejidad del fenómeno.
La pandemia de COVID-19 marcó un punto de inflexión para el teletrabajo en España. Antes de 2020, su adopción era marginal (3–4%), pero creció rápidamente durante la crisis sanitaria. A partir de 2021, se observa un retorno parcial a la presencialidad, consolidándose el modelo híbrido como formato predominante (Eurostat, 2025). Los días promedio de teletrabajo por semana han descendido (de 3.5 en 2021 a 3 en 2024), mientras el teletrabajo ocasional gana terreno (Roig y Nebot, 2020; Collados, 2021; Noguera, 2022).
En 2024, la tasa de adopción se sitúa en un 15.4%, por debajo del promedio europeo (22.6%), evidenciando una implementación desigual. Solo el 37.5% de empresas con más de 10 empleados lo permite, y dos tercios de los trabajadores siguen sin acceso, lo que refleja una importante brecha estructural.
Las representaciones sociales son diversas: mientras el discurso empresarial destaca eficiencia, autonomía y conciliación, los sindicatos subrayan los riesgos psicosociales, el aislamiento y la fragilización de los vínculos laborales. Aunque la satisfacción general con el teletrabajo es alta (aumentando su valoración media de 8.2 en 2021 a 8.7 en 2024), disminuye el porcentaje de quienes se declaran “muy satisfechos”. Las encuestas no muestran diferencias significativas en cuanto al apoyo entre compañeros (comparando teletrabajo y presencialidad), lo que sugiere cierta persistencia de los vínculos sociales. No obstante, persisten tensiones propias del “capitalismo flexible”, donde la adaptabilidad individual se privilegia en detrimento de la estabilidad colectiva.
El teletrabajo representa una transformación profunda en la experiencia laboral, con efectos significativos sobre los vínculos sociales en el entorno de trabajo. La modalidad híbrida se ha consolidado en España, pero su acceso sigue siendo limitado y segmentado, reflejando desigualdades estructurales. Esta forma de organización del trabajo reproduce dinámicas propias de la modernidad tardía, donde la flexibilidad es valorada, pero a costa del compromiso organizativo y la cohesión. La relación entre trabajadores se vuelve más funcional y menos sostenida, dificultando la creación de comunidad, la interacción informal y el reconocimiento mutuo.
El análisis sociológico resulta fundamental para entender estos procesos más allá de indicadores como la productividad o la satisfacción individual. Permite visibilizar cómo el teletrabajo reconfigura los marcos simbólicos, relacionales e institucionales del trabajo, afectando su sentido y la calidad de los lazos que lo sostienen.
Quedan abiertas importantes preguntas sobre el impacto a largo plazo del modelo híbrido en aspectos como la cohesión, la socialización, el aprendizaje o las trayectorias profesionales. También sobre las nuevas desigualdades que este modelo podría profundizar, en función del acceso diferenciado según género, edad o clase. Se recomienda que futuras investigaciones avancen hacia la recolección de datos primarios que permitan aplicar herramientas como los sociogramas, mapear redes de relación y evaluar niveles de centralidad o aislamiento. Asimismo, adoptar una perspectiva aplicada (por ejemplo, desde los recursos humanos) podría ser clave para diseñar estrategias que fomenten vínculos laborales sostenibles y equitativos.
El estudio sociológico de los Problemas Sociales (PS) no se limita a identificar condiciones objetivas que afectan a determinados grupos, sino que se centra en comprender cómo dichas condiciones son percibidas, definidas y legitimadas como problemáticas por la sociedad. Esta perspectiva constructivista destaca que un PS no existe en sí mismo, sino que es el resultado de un proceso social en el que distintos actores interpretan, debaten y resignifican ciertos fenómenos como inaceptables, injustos o urgentes. Por tanto, la sociología no solo describe realidades, sino que participa en la producción de sentido y en la definición colectiva de los problemas.
La sociología contribuye a este proceso en distintos niveles:
Los informes desarrollados en el marco del curso ejemplifican esta contribución sociológica a la definición colectiva de los PS:
A partir del análisis del teletrabajo, se muestra cómo un fenómeno inicialmente promovido por razones de eficiencia y conciliación puede generar nuevas formas de aislamiento, desigualdad y control. La sociología revela que no es solo una herramienta laboral, sino un proceso social cargado de tensiones estructurales, como la fragilización de los vínculos o la ampliación de la jornada. Este enfoque permite redefinir el teletrabajo como un problema social complejo, articulado por múltiples actores con intereses divergentes (trabajadores, empleadores, sindicatos, Estado), y condiciona la manera en que se formulan políticas públicas, como la Ley 10/2021.
En este caso, el análisis sociológico muestra que la pobreza energética no se reduce al dato económico de no poder pagar la factura de la luz, sino que implica vulnerabilidad estructural, dependencia tecnológica y fallos de política pública. La sociología articula las condiciones materiales (precariedad, infraestructuras inadecuadas), los agentes involucrados (hogares, empresas energéticas, Estado) y las representaciones sociales (derecho vs. mercado), facilitando una comprensión holística y proponiendo soluciones que van más allá del subsidio temporal.
El informe sobre guerra cultural ilustra cómo las redes sociales digitales se han convertido en escenarios privilegiados para la construcción de problemas sociales a través de narrativas polarizadas. La sociología, en diálogo con la ciencia de datos, identifica actores clave como los “empresarios ideológicos” y analiza el papel de la emocionalidad, la desinformación y la identidad en la percepción pública de temas como género, migración o derechos civiles. Este enfoque no solo describe los discursos, sino que cuestiona su legitimidad y sus efectos sobre la cohesión social.
El problema del acceso a la vivienda es presentado como una lucha simbólica y material entre el derecho a habitar y la lógica del mercado especulativo. A través del uso de herramientas computacionales (como el scraping de portales inmobiliarios), el análisis no se limita a los precios, sino que visibiliza cómo se construye la percepción de escasez, exclusión o gentrificación. La sociología aporta una lectura estructural y crítica, mostrando cómo actores como Idealista o los grandes tenedores participan activamente en la configuración del problema, y cómo las soluciones requieren políticas estructurales que reconozcan estas dinámicas.
Los materiales teóricos del curso han vertebrado estos enfoques. Desde las perspectivas objetivista, constructivista y deconstruccionista, se defiende que los problemas sociales no se explican únicamente desde los datos, sino también desde los procesos simbólicos, relacionales e históricos que los constituyen. Los apuntes resaltan la importancia de analizar: 1. Las fases del proceso de problematización (emergencia, legitimación, institucionalización). 2. Las relaciones entre condiciones objetivas y representaciones colectivas. 3. Los efectos de la digitalización y la inteligencia artificial en la construcción de significados. 4. La necesidad de combinar metodologías cuantitativas y cualitativas, tradicionales y computacionales.
Asimismo, se subraya que los PS deben ser definidos por los propios actores implicados, no por el investigador, lo cual sitúa a la sociología en un rol de mediador crítico, facilitador de comprensión y orientador de respuestas sociales más justas y sostenibles.